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Muy
cerca
de
Santillana
del
Mar,
se
encuentra
la
cueva
de
Altamira,
un
excepcional
capítulo
de
la
historia
del
arte
primitivo.
En
el
verano
de
1879,
una
chiquilla
de
12
años,
hija
del
caballero
montañés
don
Marcelino
Sanz
de
Sautuola,
amigo
de
paseos
y
excavaciones
por
tierras
próximas
a
su
casa,
dijo
al
padre,
fijándose
en
el
techo
de
una
de
las
cuevas
que
visitaban:
"¡
Papá,
mira,
toros
pintados¡".
Dio
cuenta
públicamente
Sanz
de
Sautuola
de
lo
que
aquel
descubrimiento
en
la
cueva
de
Altamira
podía
significar.
No
se
reconoció,
sin
embargo,
en
los
medios
internacionales
dedicados
al
estudio
de
la
naciente
prehistoria,
la
importancia
de
lo
visto
y
estudiado
por
el
caballero
montañés.
Una
autoridad
máxima
en
tales
estudios,
el
especialista
francés
M.
de
Cartailhac,
niega
la
autenticidad
de
las
pinturas
y
capitanea
la
oposición
mas
obstinada
contra
las
afirmaciones
del
español.
Estas,
no
obstante
acaban
por
abrirse
paso
en
congresos
y
academias
y,
finalmente,
Cartailhac
reconoce
con
nobleza
su
anterior
equivocación
y
rectifica
lo
creído
hasta
entonces,
en
las
páginas
de
su
Mea
Culpa
de
un
Sceptique.
Pero
Sanz
de
Sautuola
ha
muerto
ya.
Es
muy
sincero
el
arrepentimiento
del
profesor
francés-
Y
siempre
que
visita
la
cueva
de
Altamira
pasa,
antes,
a
saludar
a
doña
María
Sautuola,
la
hija
del
caballero
montañés:
la
niña
que
un
día
de
verano,
asombrada,
señaló
al
padre
aquellas
pinturas
trazadas
en
el
techo
de
la
caverna.
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