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La
transformación del antiguo monasterio en Colegiata – al
cambiar la regla benedictina que lo regía por la de la
orden de Canónigos de San Agustín – se produce a
mediados del siglo XII, época en que se edifica el templo
actual, en estilo románico, que es el más amplio de la
cornisa cantábrica. Su estructura de tres ábsides y tres
naves sigue el modelo de Frómista (Palencia) y del románico
internacional que penetra en Castilla por el Camino de
Santiago.
La
escultura de su porticada, capiteles y canecillos
evocan los temas fundamentales de la religiosidad
medieval, en particular la lucha entre el Bien y el Mal, y
la necesidad de la penitencia y el perdón para salvarse de
las penas del infierno. Este mensaje se muestra a través de
alegorías y símbolos animales (leones, pelícanos,
palomas, cuervos, serpientes, cabras...) y vegetales
(manzanas, helechos, acanto, lirios, vid, uvas, piñas...)
así como algunas escenas humanas.
En
el centro del crucero se erige el sepulcro de Santa Juliana,
cuyas reliquias se guardan en la arqueta del retablo con los
escudos de la Casa de la Vega.
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El
retablo mayor es una excelente obra de estilo
hispano-flamenco de finales del XV, con tablas pictóricas
relativas al martirio de la santa y esculturas de apóstoles
y evangelistas. El frontal del altar es una soberbia pieza
de platería mexicana. En el coro se conserva un notable órgano
barroco, y en la capilla bautismal, además de la pila románica,
un excepcional pantocrátor realizado en torno al año 1200.
El
claustro,
adosado a la fachada norte de la iglesia, muestra en sus 42
capiteles de variada temática una completa evolución de la
escultura románica. Junto a sus muros se observan los sarcófagos
con motivos heráldicos de personajes relevantes del clero y
la nobleza.
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